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Ictus

El término ictus, del latín golpe, se utiliza para describir las consecuencias de la interrupción súbita del flujo sanguíneo a una parte del cerebro (isquemia cerebral) o de la rotura de una arteria o vena cerebral (hemorragia cerebral). Cuando esto ocurre, la sangre no llega a una determinada zona del cerebro, de modo que las células afectadas no reciben oxígeno y mueren. El cerebro es el órgano más sensible a la falta de aporte sanguíneo, por ello es crucial disminuir al máximo el tiempo que transcurre entre los primeros síntomas y el inicio del tratamiento. En un ictus cada minuto se pierden 2 millones de neuronas y 14000 millones de conexiones entre neuronas.

De forma coloquial el ictus también se conoce como derrame cerebral, embolia, trombosis o apoplejía.

Identificar qué ha producido el ictus es fundamental, pues este será el factor que determine el tipo de tratamiento en la fase aguda y en el plan terapéutico para evitar su repetición.

Una de cada seis personas tendrá un ictus a lo largo de su vida. Cada seis minutos se produce un ictus y cada catorce minutos muere un paciente por ictus en España. Supone la segunda causa de muerte más frecuente en el mundo y la principal causa de discapacidad física en personas adultas y la segunda causa de deterioro cognitivo, siendo más incapacitante que todo el resto de enfermedades neurológicas juntas.

Tipos de ictus:

  • Ictus isquémico: o infarto cerebral, originado por la obstrucción del flujo sanguíneo. Supone el 85% de los casos.
  • Ictus hemorrágico: o hemorragia cerebral, en el que la rotura del vaso provoca la salida de sangre y la compresión de estructuras del sistema nervioso central. Supone el 15% de los casos.

¿Cuáles son los síntomas de un ictus?

  • Pérdida súbita de sensibilidad o de fuerza en un lado del cuerpo.
  • Pérdida de la capacidad de caminar.
  • Imposibilidad de hablar.
  • Alteraciones visuales, como la pérdida de visión en un ojo, o en un lado del campo visual, o visión doble.
  • Dolor de cabeza de origen brusco y muy intenso, aunque la mayoría de las veces el ictus no causa dolor.
  • Sensación de vértigo o desequilibrio.
  • Hormigueo de la cara, brazo, pierna o un lado del cuerpo.

Factores de riesgo

  • Edad: es el factor de riesgo más importante, aunque no es exclusivo de personas con edad avanzada. A partir de los 55 años, cada década que pasa se multiplica por dos el riesgo de sufrirlo
  • Hipertensión: valores por encima de 14/9 predisponen tanto a hemorragias como a infartos cerebrales.
  • Diabetes: incrementa entre 1.8 y 6 veces el riesgo de ictus, en especial, si va asociado a hipertensión arterial.
  • Sedentarismo: es una de las causas de ictus.
  • Obesidad: sobre todo la abdominal.
  • Tabaco: incrementa el riesgo, riesgo que disminuye pasados al menos cinco años de haber dejado de fumar.
  • Colesterol elevado: niveles altos de colesterol aumentan significativamente la probabilidad de sufrir un ictus.
  • Consumo de drogas y alcohol.
  • Género: los hombres tienen mayor riesgo de ictus que las mujeres, invirtiéndose a partir de los 80 años debido a la mayor esperanza de vida de las mujeres.
  • Algunos grupos poblacionales: afroamericanos e hispanos tienen un mayor riesgo de sufrirlo, así como las personas en circunstancias socioeconómicas desfavorables.
  • Antecedentes familiares.
  • El estrés.
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¿Cómo debemos actuar frente a un ictus?

  • Tras llamar al 112, poner cómodo al paciente: aflojarle la ropa para facilitar una buena respiración, tumbarlo con la cabeza y los hombros un poco elevados, intentar abrigarlo de tal manera que no tenga frío ni calor.
  • Tratar de calmarle y hacerle saber que la ayuda está en camino. Evitar aglomeraciones y conversaciones a su alrededor.
  • No moverle ni forzarle a hablar, ni moverle el cuello ni ponerle ropa apretada.
  • Nunca darle de beber ni de comer, para evitar el riesgo de atragantamiento.
  • No administrarle ningún medicamento.
  • No dejarle nunca solo.
  • Si está inconsciente, ponerle echado de lado, en posición lateral de seguridad.
  • Si está convulsionando, no sujetarle demasiado firme.

 

¿Qué complicaciones puede tener el ictus?

Alrededor del 30% de los ictus acaban en fallecimiento. En el resto de casos, las consecuencias dependen del área del cerebro lesionada, del tipo de lesión, de la rapidez en ser atendido o de si la rehabilitación se inició de forma temprana.

Los daños resultantes se denominan Daño Cerebral Adquirido (DCA), que en un 80% de los casos, incapacitan para el desarrollo de las actividades diarias de forma independiente.

  • Secuelas a nivel de alerta: referido a los estados de coma, que tienen una duración variable según el caso.
  • Secuelas en el control motor: complicaciones físicas como parálisis (hemiplejía), disminución de fuerza (hemiparesia) o tensión y rigidez en los músculos (espasticidad).
  • Secuelas en la comunicación: dificultad para producir sonidos, para leer, para utilizar las palabras correctas o para comprenderlas.
  • Secuelas en la cognición: problemas en el pensamiento complejo, en la capacidad de mantener la atención, problemas de memoria, de desorientación y confusión.
  • Secuelas en las emociones y en la personalidad por falta de conocimiento y comprensión: alteraciones emocionales, irritabilidad, conducta sexual inapropiada, depresión, apatía.
  • Alteraciones sensitivas y sensoriales: relacionadas con cómo percibimos la información de nuestro entorno a través de los sentidos y con cómo percibimos nuestro propio cuerpo.

Consejos para prevenir el ictus:

  • Comer de forma sana y equilibrada, con una dieta rica y variada en verduras, proteínas e hidratos de carbono, sin olvidar la fruta.
  • Controlar el peso. La obesidad aumenta entre 1.4 y 2.5 veces el riesgo de sufrir un ictus.
  • Hacer ejercicio regular, adaptado a las capacidades de cada uno.
  • Dormir al menos ocho horas.
  • Vigilar la tensión arterial y los niveles de colesterol. Niveles altos llevan a un endurecimiento de las arterias, volviéndose más gruesas, dificultando el paso de la sangre y elevando el riesgo de rotura. Todo ello puede llevar a hemorragias cerebrales.
  • Evitar el estrés. Descansar y tener pensamientos positivos son armas contra el estrés.
  • No fumar y evitar el consumo de alcohol.
  • Mantener activo el cerebro.
  • Apoyarse en familia y amigos. Ellos son quienes mejor pueden ayudar a superar las dificultades del día a día.
  • Conocer las señales de alarma de un ictus. Identificarlas te permitirá reaccionar rápido, avisar a los servicios de urgencia y salvar la vida, minimizando los daños de la lesión.

¿Qué comer para evitar un ictus?

Hacer una dieta equilibrada, rica en alimentos de origen vegetal como  frutas, verduras, hortalizas, legumbres y frutos secos. Cereales principalmente, integrales.

 Consumir aceite de oliva de primera presión en frío. Carne magra y pescado,  especialmente azul como la caballa, la sardina o el salmón que con su alto  contenido en  ácidos grasos omega-3, pueden prevenir la formación de coágulos en la sangre y disminuir la presión arterial. Huevos. 

Lácteos desnatados.

Siempre consumos moderados. 

Garantizar el aporte diario de entre 1,5 y 2 litros de agua.

Los alimentos poco procesados, frescos y de temporada son los más adecuados.

Cocinar al vapor, por ebullición y a la plancha son maneras de cocinar más saludables que no freír, ya que aporta grasas adicionales.

Disminuir el consumo de sal y azúcar.

Existe evidencia de que la adherencia a este tipo de dietas disminuye el riesgo de ictus

Prevención del ictus

Según la fundación Ictus, existe un decálogo para prevenir el ictus:

Controlar la presión arterial para evitar la hipertensión.

Dejar de fumar si es fumador.

Controlar el peso: el sobrepeso es uno de los principales factores de riesgo.

Seguir una dieta equilibrada, rica en frutas y verduras: cinco o más porciones diarias.

Hacer ejercicio físico de forma regular: el ejercicio aeróbico reduce el riesgo de accidente cerebrovascular.

Reducir la ingesta de colesterol y grasas saturadas en la dieta ya que se reduce potencialmente la acumulación en las arterias

Controlar el consumo de azúcar Controlar la diabetes: mantener unos niveles de glucosa en sangre adecuados.

Reducir el consumo de alcohol.

Evitar el estrés.

Tomarse el pulso.

Todos estos factores de riesgo son modificables, mientras que existen otros como la edad y la genética que no lo son. 

En muchas ocasiones debido a una mala alimentación o a la toma de medicamentos para tratar diferentes patologías, presentamos carencias de determinados nutrientes, imprescindibles para todos nuestros procesos metabólicos. El aporte de suplementos nutricionales adecuados, puede  ayudarnos a cubrir estas carencias y también a contrarrestar los efectos indeseables producidos por la toma de medicamentos.

 

Consideramos a cada persona como un ser único y especial, con sus propias necesidades concretas. Por ello, abordamos cada caso bajo una concepción integral de cuerpo, mente y emociones. Por ello os invitamos a visitar nuestra web y redes sociales, y a preguntar en el mostrador por vuestro caso particular.

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